Cómo visitar las ruinas de Villa Epecuén desde Carhué: guía completa y actualizada
Una guía práctica y atemporal para recorrer las ruinas sumergidas de Villa Epecuén partiendo desde Carhué, con recomendaciones de transporte, mejores momentos para ir, qué llevar y cómo entender la historia del pueblo que el agua se llevó.
Cuando uno llega a Carhué lo primero que siente es el olor característico del agua salada. El lago Epecuén está ahí, a pocos metros de la plaza principal, y con él viene el recuerdo constante de lo que pasó en 1985. Pero más allá de la tragedia, las ruinas del viejo pueblo se convirtieron en uno de los sitios más singulares del sudoeste bonaerense. Esta guía busca darte las herramientas para que puedas visitarlo por tu cuenta, con respeto y sacando el mayor provecho posible.
Por qué Carhué es la base ideal
Carhué funciona como punto de partida natural. Está a solo 8 kilómetros de las ruinas y cuenta con alojamiento, combis, remis y hasta bicicletas para alquilar. Acá en el pueblo dicen que “si venís a Epecuén, dormís en Carhué”. La mayoría de los que viven en la zona tienen algún lazo familiar o anécdota con los que tuvieron que dejar todo cuando el lago creció. Eso hace que la historia se cuente de otra manera, más cercana.
Cómo llegar a las ruinas desde Carhué
La opción más sencilla y económica es la combi que sale todos los días desde la terminal de Carhué. El boleto ronda los 800 pesos ida y vuelta (precios de 2024) y el viaje dura 15 minutos. Sale a las 9, 11, 14 y 17 horas; conviene chequear el horario el mismo día porque a veces se corre por el clima.
Si preferís ir por tu cuenta, podés tomar un remis en la plaza o alquilar una bicicleta en los comercios de la avenida principal. El camino es de ripio pero está en buen estado. En auto propio tardás menos de 10 minutos. Hay un playón de estacionamiento gratuito justo antes del primer cartel que indica “Villa Epecuén”.
El mejor momento para visitar
La luz de la tarde es imbatible. Entre las 16 y las 19 horas las sombras se alargan sobre las paredes de ladrillo y el agua adquiere un color turquesa que contrasta con el óxido de los techos caídos. Evitá el mediodía de verano: el reflejo del sol sobre la sal puede ser agresivo y no hay sombra.
En invierno el lugar adquiere un aire más melancólico. Con menos turistas, podés caminar entre las ruinas casi en soledad. Llevá abrigo porque el viento del oeste no perdona.
Qué ver y cómo recorrerlo
El recorrido no tiene un orden establecido, pero te sugiero empezar por la antigua estación de ferrocarril. Ahí todavía se lee el cartel que dice “Epecuén” y se ven los durmientes medio enterrados. Desde ahí se camina hacia lo que fue la zona céntrica: el hotel, la escuela, la iglesia y algunas casas que todavía conservan azulejos en las paredes.
Un dato que pocos conocen: si bajás por el sendero que está detrás de lo que fue el Club Social, vas a encontrar los restos del viejo cementerio. No está señalizado y hay que tener cuidado con el terreno inestable, pero es uno de los lugares que más impresión causa.
Consejos prácticos para no llevarse sorpresas
- Llevá agua dulce. El ambiente es muy salino y la deshidratación llega rápido.
- Usá calzado cerrado y con buena suela. Hay vidrios, hierros retorcidos y sal cristalizada que corta.
- Protector solar y gorra son obligatorios. El reflejo del agua multiplica la radiación.
- No entres a las construcciones que aún tienen techo inestable. Varias se derrumbaron en los últimos años.
- Si vas con niños, vigilalos de cerca. Hay pozos y desniveles ocultos por la sal.
Dónde comer y dormir en Carhué
Después de la visita, lo habitual es volver a Carhué y sentarse a comer algo en la costanera. El restaurante del Hotel Termal ofrece menú con pejerrey y trucha ahumada que combina perfecto con el paisaje. Para dormir, las opciones van desde cabañas con pileta de agua salada hasta hospedajes más económicos en el centro.
Entender antes de mirar
Quizás lo más importante antes de pisar las ruinas es tomarse un rato para conocer la historia real. No fue solo “una inundación”. Fue un pueblo entero que creció gracias al turismo termal, que llegó a tener 5.000 habitantes en temporada alta y que de un día para el otro vio cómo el lago se comía todo. Los vecinos fueron reubicados en Carhué y muchos todavía guardan las llaves de sus casas bajo el agua.
Por eso cuando vayas, andá despacio. Mirá los detalles: el piano oxidándose en una sala, la heladera incrustada en la pared, los azulejos de la cocina que alguien eligió con ilusión. Cada objeto cuenta una historia que no está en las guías oficiales.
Las ruinas de Villa Epecuén no son un parque temático. Son el testimonio mudo de cómo la naturaleza y las decisiones humanas pueden cambiar el destino de toda una comunidad. Visitarlas desde Carhué es, también, una forma de entender mejor cómo se construye y se reconstruye la vida en los pueblos del sudoeste bonaerense.