Sociedad

La foto y el recuerdo del “Hueso” Gil: “Un club me pagó con un perro y 100 monedas de un peso”

El histórico basquetbolista bahiense compartió una imagen que lo transportó a sus inicios en el deporte. Una anécdota que retrata cómo se jugaba al básquet en los pueblos del sudoeste bonaerense hace más de medio siglo.

Publicado el 10 de julio de 2026, 12:20 hs

En una de esas mañanas de invierno en las que el viento del sudoeste corta la cara, “El Hueso” Gil abrió el celular y se encontró con una foto que le devolvió de golpe los olores a tierra mojada, guantes de lana y madera de los viejos gimnasios.

La imagen, publicada por La Nueva Provincia, muestra a un pibe flaco, de pelo corto y mirada viva, con la camiseta de un club que ya casi nadie recuerda. Al lado, un trofeo de lata que parecía de oro. La bajada es simple: “Un club me pagó con un perro y 100 monedas de un peso”.

De Tres Arroyos al mapa del básquet regional

Nacido en el corazón del sudoeste bonaerense, Gil empezó a jugar cuando en los pueblos el básquet era más fiesta de barrio que deporte profesional. No había viáticos, ni contratos, ni sponsors. Había una cancha de tierra o de cemento rajado, un par de arcos oxidados y la promesa de un asado después del partido.

“Me acuerdo que jugábamos en un club de por ahí cerca de Coronel Suárez. Ganamos el torneo y en vez de plata nos dieron un perro mestizo y cien monedas de un peso. El perro se lo quedó el entrenador y las monedas las repartimos en el vestuario. Con eso comimos facturas en el bar de la plaza”, cuenta entre risas.

La anécdota, que hoy suena pintoresca, era moneda corriente en los años 60 y 70 en la Liga del Sur y en los torneos interpartidos que unían a Bahía Blanca con Pigüé, Punta Alta, Coronel Pringles y Tres Arroyos.

Un testimonio que vale más que cualquier trofeo

La foto que hoy circula en grupos de WhatsApp de exjugadores y en las páginas de Facebook de clubes del interior tiene un valor que va más allá de lo nostálgico. Es un documento de cómo se tejía la identidad deportiva en la 6ª sección cuando los pueblos todavía se comunicaban por tren y el asfalto era una rareza.

“El Hueso” no fue solo un jugador talentoso. Fue uno de esos tipos que conocían cada cancha del sur bonaerense, desde el viejo gimnasio de la Sociedad Rural de Bahía hasta los tinglados de chapa de las colonias agrícolas de Pigüé. Sabía quién cocinaba el mejor guiso en cada pueblo y en qué almacén paraban los árbitros a tomar un café antes de volver.

Hoy, con el pelo blanco y la misma mirada curiosa, Gil sigue siendo referente ineludible para cualquiera que quiera entender la historia del básquet regional. Sus anécdotas se cuentan en las peñas de clubes, en las cenas de veteranos y en las charlas de café de Tres Arroyos a Carhué.

El básquet que ya no existe

Aquellos pagos con perros, gallinas o bolsas de harina ya no volverán. Pero la foto y el relato del “Hueso” sirven para recordar que el deporte en el sudoeste bonaerense se construyó con esfuerzo de vecinos, con viajes en colectivo por rutas de ripio y con mucho amor propio.

“Era otra época –dice Gil–, pero el amor por la camiseta era el mismo. Y eso, te aseguro, no lo pagás con ninguna moneda”.

La imagen seguirá compartiéndose. Y cada vez que aparezca, alguien en algún club del interior va a decir: “Acá en el pueblo también pasó algo parecido”. Porque esa es, en definitiva, la verdadera riqueza de la 6ª sección: las historias que se cuentan de boca en boca, de cancha en cancha, de generación en generación.

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