Los pueblos alemanes del Volga en Coronel Suárez: identidad viva de Santa Trinidad, San José y Santa María
Crónica de las tres colonias católicas fundadas en 1887 por alemanes del Volga en el partido de Coronel Suárez. Historia, fe, dialecto Wolgadeutsch, kuchen y la Fiesta del Inmigrante que siguen latiendo en el sudoeste bonaerense.
Acá, cuando uno dobla por la ruta 85 y se mete por los caminos de tierra que llevan a Santa Trinidad, San José o Santa María, siente enseguida que está entrando en un pedazo de historia que no se lee en los libros de la Capital. Son las tres colonias alemanas del Volga del partido de Coronel Suárez, fundadas hacia 1887 por familias que habían vivido generaciones enteras a orillas del río Volga, en Rusia, antes de cruzar el océano rumbo a la Argentina.
Esos inmigrantes no eran cualquier grupo. Eran alemanes étnicos católicos que, invitados por Catalina la Grande en el siglo XVIII, se habían establecido en la región del Volga para cultivar la tierra. Con el tiempo, las promesas se fueron diluyendo, las presiones aumentaron y muchos decidieron probar suerte en América. Llegaron al sur de Buenos Aires buscando lo que siempre habían buscado: tierra para trabajar y libertad para mantener su fe y su lengua.
Los nombres de los pueblos no son casualidad. Santísima Trinidad, San José y Santa María remiten directamente a la devoción católica que trajeron consigo y que todavía hoy marca la vida comunitaria. Las iglesias parroquiales, de ladrillo visto y torres que se ven desde lejos en la llanura, siguen siendo el corazón de cada colonia. Los domingos, la misa se celebra con la puntualidad germana de siempre, y muchas familias conservan todavía el hábito de rezar en el dialecto que trajeron del Volga.
Ese dialecto, conocido como alemán del Volga o Wolgadeutsch, es uno de los tesoros más preciados de estas comunidades. No es el alemán estándar que se enseña en las escuelas de Buenos Aires, sino un habla dialectal rica en palabras rusas y castellanas que se fueron incorporando con los años. En las casas de los más viejos todavía se escucha: "Komm her, mein Kind", mezclado con giros que solo se entienden acá. Los más jóvenes, aunque ya hablan español como primera lengua, entienden y a veces responden en ese alemán familiar que escucharon desde la cuna.
La gastronomía es otro pilar que no se negocia. Quien visite las colonias no puede irse sin probar el kuchen, esa masa dulce que cada familia prepara según su receta heredada. Hay de ricota, de manzana, de membrillo. También el strudel, los chorizos ahumados que se cuelgan en los galpones y los panes caseros que todavía se hornean en hornos de leña. En las casas de comidas y en las fiestas, estos sabores son la forma más concreta de seguir siendo quienes son.
Cada año, la Fiesta del Inmigrante Alemán y especialmente la Fiesta del Kuchen convocan a miles de personas. No es solo una celebración para turistas: es el momento en que las colonias se llenan de nietos que volvieron de Bahía Blanca, de Tres Arroyos o incluso de Capital, y de vecinos que vienen a recordar de dónde vienen. Se baila el Schuhplattler, se escucha música traída del Viejo Mundo y, sobre todo, se come. Mucho. Como corresponde.
Hoy, más de 130 años después de aquella llegada, las tres colonias enfrentan los mismos desafíos que el resto del campo bonaerense: la sequía, los precios que no cierran y la tentación de los jóvenes de irse a la ciudad. Sin embargo, algo se mantiene firme. Las escuelas rurales siguen teniendo alumnos que aprenden un poco de alemán, las capillas no se vacían y las familias siguen juntándose a hacer chorizo y kuchen cuando llega el frío.
Hablé con doña Ana, de Santa María, que a sus 78 años sigue amasando como le enseñó su abuela. "Esto no es folklore para nosotros", me dijo mientras cortaba un pedazo de strudel todavía caliente. "Es lo que somos. Si perdemos el kuchen y el dialecto, perdemos el alma de la colonia". Palabras que se repiten, con distintas voces, en las tres localidades.
Santa Trinidad, la más grande de las tres, conserva la cooperativa agrícola que fundaron los abuelos. San José mantiene viva la tradición de las bandas de música alemana. Santa María, más chica y recogida, es donde mejor se siente esa atmósfera de pueblo quieto donde el tiempo parece correr más despacio.
La inmigración alemana del Volga no fue masiva como la italiana o la española, pero dejó una huella profunda y silenciosa en el sudoeste bonaerense. Estos tres pueblos católicos de Coronel Suárez son prueba de que se puede llegar de muy lejos, adaptarse sin perderse y seguir siendo fiel a lo propio: la fe, la lengua y la mesa compartida.
Quien pase por la ruta y tenga tiempo, debería desviarse. No hace falta ser descendiente ni hablar alemán. Basta con tener ganas de escuchar las historias que los vecinos cuentan despacio, sentados bajo el paraíso, mientras cortan un pedazo de kuchen y sirven el mate. Porque acá, en las colonias alemanas del Volga, la identidad no se exhibe: se vive, se come y se transmite de generación en generación, como siempre se hizo.