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Histrionismo y nostalgia en la posmodernidad

Comentario de Rafael Valera en es.panampost.com

«Llegará un momento en que los hombres caerán en lo absurdo, y cuando vean a alguien que no está trastornado, lo atacarán diciendo: estás demente; tú no eres como nosotros». San Antonio, Abad.

Sobre Venezuela tocará hablar pasado Año Nuevo, para salud de nuestros espíritus —los de los ciudadanos— que hoy, considero, están en el descanso del guerrero. Mientras tanto, hablemos en otras latitudes.

Los tiempos que vivimos son, en realidad, los oscurantistas. Aquella leyenda de penumbra, ceguedad, brutalismo intelectual, que achacan al medioevo —a pesar de que tuvo reveses y reveses tuvo—, fungió sin saberlo como premonición para los tiempos que hoy vivimos, sofocados por una cultura sin rostro, infantil, atomizante y, francamente «porno».

La posmodernidad como tal sigue el mismo devenir que la modernidad inició. La modernidad es el origen directo del posmodernismo, pero que sufre una ruptura (disruptiva) al entrar en un proceso aceleracionista por la cultura de masas, consecuencia lógica —para bien o para mal— de la industrialización.

Aunado a ello, la cultura del espectáculo, que estéticamente es lúdica, terriblemente técnica y sensacionalista, añade un factor que pudiéramos verlo como la evolución del antropocentrismo —no necesariamente antitradicional— a un “hedocentrismo” donde la relajación, el placer y, por lo tanto, el intimismo, son la medida de la vida. Irónicamente, el sentido del deber, el de la responsabilidad superior, pasa a ser la satisfacción individual máxima, produciendo un caos frente a un orden sano de justa medida.

Esta decadencia y paz del relativismo posmoderno es una consecuencia lógica de los mismos hechos constitutivos de la modernidad, siendo los más importantes la Reforma Protestante, introduciendo la atomización del vigor social frente a la creciente mano de hierro estatal, la Revolución Francesa, imponiendo el igualitarismo hostil, degollante (literalmente), que junto con la libertad querían fungir como bienes supremos y formadores del mundo, y la Revolución Bolchevique, como la extrapolación absoluta de los efectos de la Reforma y la révolution en los campos social y económico.

Estos hechos constitutivos de la modernidad, la fabricación y proliferación de sus mitos inorgánicos (teología de la razón, igualitarismo, libertinaje, escepticismo, el Estado como el factor elemental de la vida social, socialismo), nada cónsonos con la realidad, produjeron un engaño inducido del cual el mundo fue convencido. Hermenéuticamente, el identitarismo relativista y gnóstico —en el sentido voegeliano (feminismo, indigenismos, negrismos, la ideología de género, etc.)— es, en realidad, el choque de un mundo histriónico y psicótico con la realidad de su propio desgaste paranoico.

Los síntomas del histrionismo, clínicamente, son enumerados entre la búsqueda patológica de ser el centro de atención, el uso de la sexualidad y la desnudez para alcanzar dicho objetivo, la victimización, comunicación vaga y difusa y ser excesivamente teatral al expresar la emociones.

Ahora pasemos a ver las tácticas políticas y propagandísticas e inclusive la mismísima condición personal del califato progresista —aupado, por cierto, por el consenso socialdemócrata—: no solo el progresismo vivifica este mismo histrionismo identitario, sino que lo instrumentaliza y lo proyecta como una política para la persuasión, la humillación, el virtual-signalling y el control social.

Si nos vamos a los objetivos de la psicopolítica —creada por la URSS—, vemos que la destrucción de los patrones culturales y psíquicos de los individuos y del enemigo —a los primeros para reconstruirlos en torno a los ideales favorables y a los segundos para desarmarlos— son sus más esenciales pretensiones.

Solo basta indagar sobre los testimonios de Sara Winter, exlíder de FEMEN en Brasil, sobre cómo destruyen la identidad de sus miembros para formatearlas psicológicamente (entre los métodos, el más “moderado” es el de obligarlas a dejar de sonreír por un largo período de tiempo para inhibir sus propias emociones y el más aberrante es el de abortar con fines políticos).

En virtud de todo lo que ha estado ocurriendo con los flashmobs feministas —de mal gusto, además—, podemos entender que es una manifestación histriónica, no del feminismo en sí, pero de la época en la que vivimos. Los tiempos de hoy son tiempos realmente enfermos, «tardíos» como diría místicamente Nietzsche.

Esa búsqueda infantil por ser el centro de atención, el desgaste que provoca un desfase de la realidad inevitable e innegable revela no solo locura, sino una nostalgia acallada, silenciosa pero muy presente, de tiempos anteriores de sentido común que daba el vigor suficiente, donde el sustento de una época era la expansión y producción de la alta cultura, que a pesar de las turbulencias y las muertes, estaba muy distante en altitud, de los caprichos por privilegios sociales y reivindicaciones basadas en resentimientos y proyectos políticos oscuros.

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