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Hay una manera de salir de la crisis

Un nuevo sujeto por el bien común

Por Giorgio Vittadini, de www.paginasdigital.es

Nos encontramos al cabo de un largo trayecto que nos ha llevado a una grave crisis institucional, de la que no sabemos aún cómo vamos a salir. Esto sucede en un momento histórico especialmente delicado por la larga crisis, no solo económica sino también estructural que atravesamos desde hace ya sesenta años.

El país parece bloqueado en una crisis de identidad y en una preocupante astenia. El desencanto y escepticismo son palpables, y se nota la frustración y rabia de la gente, totalmente comprensible. Pero tras el rencor hay un malestar, y tras el malestar cada vez más a menudo hay soledad, aislamiento, empobrecimiento de las relaciones y de los vínculos.

Crisis

La carcoma disgregadora empezó hace tiempo a insinuar la idea de que los otros, los diferentes, son siempre el mal absoluto. En el otro no hay nada que pueda servir para mi bien. Hasta el punto de llegar a creer que estaríamos mejor a los que van más desviados o más recto, a los más pobres o a los más ricos.

Nuestro país se puede comparar a un terreno de naturaleza florida que se va desertificando. Concretamente, estamos asistiendo a un empobrecimiento del tejido de realidades asociativas, agregaciones que históricamente habían creado una unidad de pueblo antes aún de la unidad de la nación.

¿Por qué empezó a costar tanto implicarse en proyectos por el bien común? ¿Por dónde podemos volver a empezar? Hace falta un nuevo modo de conocer, no reducido a análisis sino capaz de mirar la realidad más a fondo, de utilizar la mirada, de sorprenderse. Esto permite dejar de ser personas sin rostro, figuras anónimas, como dice el papa Francisco al comentar el lema del Meeting, sino personas que sepan mirar, sorprenderse y encontrar en ello su identidad.

Lo que los análisis económicos no pueden captar, porque no es previsible, es la chispa frente a situaciones concretas que despierta las ganas y la capacidad de ir hacia adelante, de arriesgar. Como dice Julián Carrón, “la cuestión fundamental es identificar dónde se genera un sujeto adulto, capaz de crear una expresión cultural a la altura de los desafíos de los tiempos que vivimos”. Sigue siendo central a todos los niveles el “desafío educativo”.

¿Qué supone en último término un desafío así? El crecimiento de la autoconciencia personal, la maduración de la razón, del afecto, de la libertad. Pero, como sabemos, esto puede suceder cuando uno acepta abrirse, conocer, entrar en materia, meter las manos en la masa, correr el riesgo de equivocarse.

Sin esto tampoco habrá creatividad, ni capacidad para identificar soluciones nuevas para problemas complejos, como los que debe afrontar la sociedad contemporánea. Volver a empezar por la persona y por la comunidad, como ha señalado el presidente Mattarella. Estas realidades, como los movimientos (originariamente el católico y el obrero), asociaciones, partidos, sindicatos, a lo largo de la historia han ayudado a las personas a encontrarse, a confrontarse, a conocer, a profundizar, a hacerse preguntas. Sobre todo han sostenido sus deseos, ideales y capacidad de iniciativa frente a la tentación de reducirse.

Hoy más que nunca se nota la necesidad de realidades que sostengan al yo para que recupere conciencia, motivación, confianza. Podemos hacer todas las reformas que se quieran, pero sin la educación de la persona no podrá haber cambio en las instituciones.

En el Meeting hay multitud de ejemplos de apertura confiada a la realidad. Escuelas académicas y de formación profesional, obras educativas de todo tipo, asociaciones de empresas, ONG, asociaciones ambientales, socio sanitarias, los bancos de alimentos…

No se trata de multiplicar leyes. Lo que hace falta son hechos de vida nueva cuanto antes. Hechos de revitalización de realidades agregadoras, cuanto antes. Sostener la participación de los ciudadanos “desde abajo” significa sostener la maduración personal y civil de los individuos. Hay que ser conscientes de que sin cuerpos intermedios seremos un país aún más fragmentado. Cada realidad social tiene hoy una gran responsabilidad: educar en la responsabilidad, más allá de la solidaridad. La subsidiariedad es ante todo una exigencia educativa.

Por eso el futuro se juega sobre todo en un punto: que renazcan ámbitos donde se ayude a la persona a vivir una dimensión social adecuada. Aun en un clima de desinterés general, todavía existen espacios para los que se ven animados a interesarse por los problemas del país. No todo está perdido. Pero para llegar a eso hacen falta lugares de confrontación, diálogo y reflexión.

¿Cuáles son los objetivos a perseguir?

En primer lugar, la educación. Hace falta un sistema pluralista, que combine autonomía y paridad en las escuelas. Un sistema formativo que enseñe un oficio a los que carecen de expectativas, pues hoy muchos puestos de trabajo permanecen vacíos porque no hay personas dispuestas ni preparadas para ocuparlos. Hay que invertir más en investigación y en la universidad.

Segundo, el trabajo. La escasez de empleo, junto a su carácter precario, es el gran drama de estos años en las sociedades desarrolladas y afectas a los más frágiles y a los jóvenes. Hay que entender que el trabajo, es decir, el empuje y compromiso por transformar la realidad, es lo que más nos puede ayudar a descubrir quiénes somos y cuál es nuestra tarea en el mundo. Hablar de desarrollo sin empleo (lo que significa beneficio solo para unos pocos) es un atentado a la dignidad de la persona. La iniciativa individual mediante el trabajo es el motor de un sistema subsidiario. Hace falta invertir en desarrollo y no gastos meramente asistenciales porque el trabajo solo existe allí donde hay desarrollo y las empresas, grandes, pequeñas y medianas, si se han desarrollado pueden hacer frente a la globalización.

En tercer lugar, todo esto puede suceder gracias a la difusión de una cultura subsidiaria. Nunca ha habido un momento en que haya sido tan necesaria la subsidiariedad como ahora. Pero el alcance de este principio es mucho más amplio. Continuamente nos encontramos con interlocutores de diversa extracción cultural que ven en la subsidiariedad el camino ideal para crear vías de convivencia en las sociedades contemporáneas, pluralistas y democráticas.

Cuarto objetivo, el desarrollo sostenible. “Sostenibilidad” es el término que desde hace más de treinta años se empezó a usar para afirmar algo muy sencillo: el objetivo del desarrollo es el bien común, es decir, una renovada centralidad de la persona. Por eso no puede haber sostenibilidad sin subsidiariedad. Por eso no se puede seguir descuidando la equidad y la justicia social, respecto a las próximas generaciones y al medio ambiente. La ONU ha fijado 17 objetivos de sostenibilidad para 2030. Sin esta centralidad de la persona, esos 17 objetivos se quedarán en algo genérico.

Quinto, la recuperación de una cultura política guiada hacia una convergencia que ayude a ver lo que existe. El bien común no es una idea abstracta sino una perspectiva general basada en ejemplos concretos que funcionan. Prescindiendo del conocimiento de los detalles concretos, el bien común se convierte en una abstracción ideológica, capaz incluso de proponer grandes proyectos pero que nacerán ya lejos de la vida de la gente.

No puede haber peleas continuas. Estos 25 años de peleas continuas nos han llevado a un momento dramático en la vida de este país, en que urge recuperar una corresponsabilidad.

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