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Llegó el segundo semestre

© Ricardo D. Martín / En Facebook: @parlamento.popular

Una empresa de transportes de cargas publicita sus servicios en Bahía Blanca destacando su eficiencia con la frase: “todo llega… hasta el segundo semestre”.

Dando por sentado que la carga transportada llegará, la sentencia se verificará cierta dado que el famoso segundo semestre, al fin, llegó.

Tardó pero llegó. Y ya no hay margen para prórrogas. Porque habrá elecciones y se escuchará una voz inapelable, la de la gente expresándose con su voto. Y no quedará lugar para especulaciones; de nada servirá la acostumbrada práctica del desprecio o la desvalorización del comportamiento y de los anhelos ciudadanos.

Como ya no hay vuelta atrás, el peronismo forzó la unidad para intentar abandonar una incómoda intemperie y el oficialismo operó al fin con cierta pericia para empezar a torcer el desánimo y la angustia poniendo freno a la devaluación del peso y a la inflación, condiciones que se especulaban ineludibles para competir con chances por su reelección. Ambas fuerzas, buscaron ampliar su propuesta electoral en torno a fórmulas antojadizas ya que los acuerdos electorales de las dos coaliciones que pugnarán con mayores posibilidades, lejos del aconsejado consenso por convicciones, han sido un muestrario de conveniencias, arreglos o componendas. Al margen de eso, la incorporación de Miguel Ángel Pichetto a la fórmula presidencial del oficialismo aparece algo más congruente que la alquimia de los Fernández.

Lo que está claro es que la dirigencia política sigue sin comprender que una de las demandas del cambio que la ciudadanía viene forzando es que la política deje de ser negocio, acomodo o privilegio para recuperar su sentido de servicio.

Para el peronismo estas elecciones reeditan el dilema de 2015 con la novedad de que han llevado las disputas al interior de la fuerza. Ya no habrá un Massa o un Radazzo “por afuera”, lo que ha incentivado la polarización. Incapaces de reorganizar el partido, buena parte de los dirigentes, a sabiendas de que resulta ilusorio conseguir una unidad cierta en torno a la figura central, las ideas y los métodos del kirchnerismo, se resignó a la trampa del seguidismo sin posibilidad alguna de participar en el armado de las listas. Por eso, se sospecha que cada quien tratará de mantener su poder territorial sin mucho entusiasmo por el resto de la lista. Así las cosas, algunos de los que se quedaron y los que emigraron o tomaron prudente distancia (Pichetto, Schiaretti, algunos gremialistas) esperan que una nueva derrota ponga fin a la disyuntiva para intentar luego la reconstrucción partidaria ya sin la incómoda presencia de la ex presidente.

Claro que “para que alguien pierda, alguien le tiene que ganar”. ¿Tiene posibilidades de ganar el oficialismo?

“Gobernar este país… ¡mamita!” dijo alguna vez Cristina Kirchner y lo dejó escrito en su libro “Sinceramente”. Macri ha venido comprobando (padecido) la veracidad de tal sentencia. A esa complejidad que supone gobernar la Argentina, el elenco gubernamental le ha sumado una buena dosis de errores no forzados que parece encaminado a corregir en este crucial segundo semestre.

El error liminar, ya apuntado en otro análisis, tuvo que ver con la ilusoria aspiración (recurrente en todos los mandatarios) de conducir un gobierno fundacional en vez de aceptar con sencillez el honor de administrar una vigorosa transición, sin esconder la gravedad de la situación heredada (que la mayoría de los ciudadanos conocía). Una de las tantas pifias del elenco más cercano al presidente y del asesor Jaime Durán Barba. La última, el resultado de haber apostado todo al triunfo en segunda vuelta atizando la polarización, tanto que ahora se encuentran con el escenario impensado, y temido, de la factible definición en las Generales del 27 de octubre. Tarde para lamentos.

Sin embargo, parece haber disminuido el disgusto o el desencanto de los votantes de Cambiemos, tal vez al ritmo de la precaria estabilidad de ciertas variables económicas o por las alarmas que se encienden ante un posible regreso del modelo que se rechazó en 2015.

Como no ha sido posible la construcción de una alternativa superadora, la elección vuelve a ser, otra vez, una opción entre dos propuestas poco convincentes, salvo para los fervorosos adherentes de ambas coaliciones. Una verdadera trampa, que debería desactivarse con una reforma electoral que está claro que no va a ser afrontada por esta dirigencia que ha demostrado no tener percepción de las demandas populares, responsable central de la situación actual.

Uno de los pocos datos ciertos de que se dispone para presagiar el comportamiento del electorado, es el resultado verificado en las elecciones distritales. El común denominador fue el triunfo de los candidatos oficialistas. Parece no haber margen para arriesgarse al cambio, a un salto al vacío o al regreso al punto de partida.

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