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Las verdades más graves sólo pueden decirse en el lenguaje común

 

En busca de un lenguaje común

Por Elena Santa María, de www.paginasdigital.es

Tras describir la crisis que vivimos, Manuel Hidalgo en El Mundo dice que en este paisaje está ocurriendo algo interesante. “Preguntas individuales: ¿quién soy yo?, ¿qué quiero?, ¿pienso como siempre he creído y dicho que pensaba?, ¿qué clase de vida deseo vivir?”. Y lo explica como “un suspiro de basta ya” o como “un murmullo de hastío que, como siempre, tiene que ver con la libertad, con su conquista o con su pérdida”.

La sensación de que todo desaparecerá la describe Leila Guerriero en El País. “Supongo que creen que nunca estarán cansados. Cítricamente cansados. Como una piedra muerta. Supongo que creen que la vida les va a durar toda la vida. Que la alegría les va a durar toda la vida”. Pero advierte con un poema de Mariano Blatt: “Vas a dejar cosas en el camino / hasta que al final vas a dejar el camino. / Vas a estar estancado pero sin cultivar enfermedad. / No te vas a pudrir, ni vas a provocar fermentación. / Lo que renueves, se renovará por sí. Lo que no circules, se renovará por sí. / No vas a promover conflictos: / nadie se pelearía por vos. Vas a carecer de valor”.

Rosa Montero ha hecho este recorrido que describen Hidalgo y Guerriero en su columna de El País Semanal. Confiesa que “el otro día escuché en una radio la noticia de la muerte de Chérif Chekatt, el asesino del mercado navideño de Estrasburgo, que fue abatido en un tiroteo por la policía, y mi primer sentimiento fue de puro júbilo: un monstruo integrista menos, aplaudió mi miedo. Pero un instante después entró en funcionamiento la razón, que me hizo experimentar cierto desasosiego. Porque por supuesto es lógico sentir un hondo alivio, pero ¿es imprescindible esa alegría feroz?”.

Y añade: “no me gusto cuando soy así. Y no lo digo en defensa de la vida y de los principios del humanitarismo (que, en el fondo, también), sino sobre todo porque creo que entregarse sin trabas al odio no es bueno para nadie, ni individual ni socialmente. Y alegrarse de la muerte de un ser vivo es la culminación del odio. Es caer en un aborrecimiento tan extremo que deshumanizas al odiado”. Esta experiencia suya la traslada a la sociedad. “El presente asusta y el futuro aterra. La violencia y el enfrentamiento suben en el mundo como la espuma, cosa que hace que se acreciente el miedo. Y lo más trágico es que ese miedo desaforado engendra el monstruo del odio, que a su vez provoca más enfrentamiento y más violencia”.

Pedro G. Cuartango, en su columna de ABC, parece completar a Montero. “Preferimos seguir mirando al pasado porque el porvenir nos aterra en la medida que hemos perdido el control de los cambios (…). Todo se ha vuelto incierto y volátil, lo que nos incita a buscar falsas seguridades en las cuales no vamos a encontrar nuestra salvación sino nuestra perdición”.

Pero olvidamos que “en la intemperie nadie se sostiene solo y dependemos de los demás”, recuerda María Jesús Espinosa en The Objective. Su diagnóstico de lo que está sucediendo es que –cita un ensayo de Josep María Esquirol– “el desplazamiento decisivo del ser humano –en el ámbito personal, político y religioso– se produce a medio palmo (…) Lo hemos visto en las últimas semanas con ese manoseo inútil y perverso de los adjetivos que se le han colocado a la palabra «violencia»: machista, de género, intrafamiliar, doméstica. Adjetivos a medio palmo, podríamos decir”. Y concluye: “de aquí nace la extrema necesidad de atender al mundo, es decir, de prestar atención y discernir, hablar con claridad, hacer real esta propuesta de Esquirol: las verdades más graves sólo pueden decirse en el lenguaje común”.

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